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miércoles, 27 de enero de 2016

Buscando un sitio donde "dormir"...

La inquietante historia de Patxi el desencarnado sobador de la calle Pelota.
Tercera entrega...
Escena tres.
Buscando un sitio donde pasar la noche…
“…y aprenderás nuevas formas de tocar el mundo…”
Después del jaleo y de que se llevaran su cuerpo en una ambulancia, se quedó dando bandazos, por aquí y allá.
Se hizo de noche y las calles se vaciaron, se sintió extraño y solo, con una sensación rara en lo que se suponía que era su pecho, tenía muchos cojones que sintiera sin cuerpo, pensara sin cabeza, viera sin ojos…
- Esto es la hostia, pensó.
Entró en distintas casas y eligió una para recostarse al lado de una muchacha de muy buen ver que se acababa de quedar dormida, pudo ver sus sueños y, de repente, ella soñó con él. Pegó un respingo y su cuerpo se bañó en sudor. Patxi un poco confuso se marchó y estuvo toda la noche calle Pelota arriba y abajo. Cuando llegaba al final de la calle era como si de una infranqueable frontera se tratara imposible de traspasar. Algo o alguien le impedía salir de allí y sabía que tenía que ver con su negativa a irse tras la luz verdosa.
Al amanecer recordó el salón de descanso del Chari´s psico-estéta integral, inmediatamente estaba allí. Se acomodó en el sofá y quedó inmóvil.
La puerta de la calle sonó con ruidos de cerrojos y persianas moviéndose, a continuación, entró en la habitación el bellezón pelirrojo, tremenda e imponente…La siguió hasta los vestuarios y pudo ver como, lentamente, se iba desnudando, como lo hacen las mujeres cuando no se sienten observadas; eso lo sabía muy bien ya que él había sido un pornógrafo voayerista empedernido, consumidor habitual de webcams ocultas. Al ver el pequeño coño con una brasileña de infarto supo que era “algo” con suerte (pues no sabía muy bien lo que era y le costaba trabajo reconocerse como fantasma que, quieras que no tiene su mandanga... fantasmón en todo caso…).
Embelesado estaba cuando fueron entrando, una tras otra toda la plantilla, embutiéndose en sus uniformes de trabajo low weawe.
Si hubiera tenido ojos hubiera llorado, que cojones, de alegría y eso que las chicas estaban un poco compungidas por haber tenido que presenciar el papelón de su muerte.
Él no había estado nunca tan cerca de un elenco de tías tan buenas. No se separó de ellas ni un segundo. Se fue dando cuenta de que algunas de ellas presentían o sentían algo raro cuando se acercaba demasiado, algunas veces a olerlas, pero eso del olor no lo tenía claro, a veces como que sentía olores pero, en general nada de nada.
El caso es que pasó su primera mañana muy divertido y feliz escuchando y viendo la vida fuera de él.
Mónica, una castaña imponente, aunque la más menuda de todas era, quizás, la que mejor tipazo tenía, él podía dar fe de ello ya que en pelotas ganaba más aún; estaba atendiendo a un microcéfalo de enormes pectorales. El tío no paraba de moverlos, contrayéndolos y relajándolos para que estuviera en permanente movimiento y, de esta forma conseguir hipnotizar o cautivar a la diligente Moni que estaba a la suyo, obviando el despliegue muscular en curso.
Patxi vio como el payaso, dudaba primero, y metía la mano por debajo de la pequeña faldita después. Todo ocurrió muy rápido, lo agarró con su “no mano” por el cuello en el preciso instante que Moni se revolvía y le asestaba un golpe de cojones con un cepillo de pala ancha, gran rendimiento, modelo Ambar Fantasía, ideal para pelos encrespados y zurriagazos a gilipollas hormonados.
El toripollo se levantó con las manos agarradas a su cuello, una de ellas moradita, los ojos casi vueltos.
- ¿Quién me ha intentado ahogar? – dijo tiritando de frío.
Patxi se dio cuenta, en ese preciso instante, de que en este otro lado podría hacer carrera.

Sed felices o, al menos, intentadlo...

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