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sábado, 12 de julio de 2014

Atrapado...

Iba a salir de casa cuando, al lado de la puerta, en el acebuche, algo se movió, un aleteo, una vibración. El gorrión se movía intentando zafarse de la trampa mortal en la que se había convertido la mezcla del arbusto y los hilos que llevaba colgando de su pata. No sé cuanto tiempo llevaría allí, me sentí afortunado, había dejado de tener prisa, tenía una importante misión que realizar. 

Volví con unas tijeras podadoras en la mano, el pequeño gorrión se puso aletear freneticamente, lo agarré bien y empecé a hablarle despacio, al cabo del rato se tranquilizó, pude trabajar concienzudamente; temía que su pata estuviera dañada pero no fue así. Lo liberé del todo; lo miré unos instantes, y lo solté, elevándolo unos metros sobre mi cabeza. Algo parecido a la felicidad me llenó el pecho en ese instante.

A veces ocurre que alguien se siente atrapado y si pasa alguien a su lado que lo ve puede ayudarlo; si hubiera ido muy veloz y distraído no lo hubiera visto y, el pequeño gorrión, estaría muerto ahora.

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